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- Debía remontarme con esfuerzo
- para acceder a su mirada clara
- a su gran frente,
- a esa cara de niño
- empecinadamente franca,
- pues muchas veces me llenaba de culpa
- su excesiva atención...
- Estábamos en "El Aguila"
- y yo leía unas líneas;
- el asentía, grave y ensimismado;
- el labio desbordado
- como un Sarmiento gardeliano...
- No le pensaba transportar
- ese inmenso corazón gigante
- que arrastraba de un siglo a otro,
- de un tango a otro.
- Se le cruzaban las ternuras
- con los recuerdos más añejos
- (casi inverosímiles)
- y la bondad lo descubría, flagrante,
- en cada gesto, en cada decisión,
- Dejaba un poema, unas líneas, un
triunfo...
- y corría golpeando puertas para
muchos,
- como un samaritano entrado en kilos,
- un ermitaño sin melena
- que predicaba el amor a sus perros...
- Ejercía la nostalgia
- como esa "herida absurda"
- que empeñaba su alma.
- Sabía que el mundo corre,
- que el progreso se aleja raudamente
- de sus tiernos malvones...
- Pero había dejado demasiado
- en el tiempo viejo.
- No era un niño. Y el genio
- le brotaba dibujando su aldea
- y sus anchos patios y portones...
- En las metáforas, sí
- le irrumpía el Neruda
- que debió ser, seguramente,
- sin sus trompadas de arrabal...
- Cuando amanecía,
- él acariciaba el paisaje repetido,
- cotidiano,
- de un pueblo cantando sus canciones;
- de un arrabal embellecido,
- cincelado, mítico,
- renaciendo en la enrojecida tinta
- de sus paredones antológicos...
- Dicen que transportando
- su cuore único
- y su poema mil,
- un fatal esquinazo
- lo confrontó con Dios,
- y de puro angelote, Catu, el bueno,
- no quisiste esquivarte...
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- Héctor Chaponick
- Año: 1977
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