Estaba en el umbral a todo vino
cubierto por la noche y la tristeza.
Dormía
y era un nombre de pájaro su sueño.
Apretaban sus manos la luz de una muchacha,
Buenos Aires andaba desvelada esa noche
porque alguien le mostraba su dolor
a una puerta
y tenía tremendas soledades su rostro
y había en todo su cuerpo
maneras del olvido.
No esperaba su nombre ningún rincón soleado.
No lo necesitaban ni para hacer sombra.
Era menos que un perro su bulto de zaguán,
rastros de forma humana goteando del zapato.
 
Sin embargo era un hombre
prolongación de un niño
¡Andá a saber qué fuegos le quemaron un día!
¡Andá a saber qué locos barcos le naufragaron!
¡Andá a saber qué vida!
Hoy dormía en el borde de la ausencia
su temblor de botella descorchada
y a su lado pasaba un mundo gordo, 
esa gente que duerme en una cama.
Me pareció que un duende descalzo y atrevido
con olor a caminos y olor a Buenos Aires
le ordenaba al oído palabras de milagro
"Levántate es el alba".

Roberto Díaz

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