Cuando tu corazón pida a Febrero
en tu balcón ajazminado un canto,
 no habrá tambor más fuerte que tu sangre
sobre los adoquines resonando.
Ascenderá por cada enredadera
la latitud azul del viento claro
y un arrabal de sueños y cometas
desmentirá un destino siempre amargo.
 
Saldrás de tardecita, jubiloso,
un gorrión más del árbol de tu barrio;
llevando en la camisa desprendida
un familiar murguista antepasado,
que pintó en carnavales ya remotos,
su cara para vos, testamentario.
 
Después en el latir de la avenida
al contemplar al pueblo a dos costados,
respirarás el aire de la noche
un júbilo de voces convocando.
 
Y ascenderás sublime y poderoso,
uno y plural, audaz, pintarrajeando;
que tu destino es ése, ser por siempre,
demonio y ángel, místico y pagano.
 

Julio Guerra

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