Sus años de oro fueron con Aníbal Troilo. Desde 1937 hasta 1943 fue su
cantor estrella. Al lado de Pichuco aprendió todo lo que había que
saber en materia de canto. Después estuvo con Orlando Goñi, Astor
Piazzolla y José Basso, pero nunca alcanzó el nivel y la calidad que
adquirió con esa orquesta que todas las noches celebraba su misa
tanguera en el mítico cabaret Marabú.
Con Troilo grabó alrededor de sesenta temas, sesenta y dos para ser
más preciso. Allí se destacan “Tinta roja”, “Fueye”, “Barrio de
tango”, “Los mareados”, “Gricel” y “El bulín de la calle Ayacucho”. Se
dice que “Yo soy el tango” de Homero Expósito y Domingo Federico, fue
su primer tema con Troilo y el vals “Temblando” fue el último.
Fiorentino no era un recién llegado cuando fue convocado por Troilo.
Había nacido en San Telmo, el 23 de septiembre de 1905 y el que lo
inició en la música fue su hermano mayor Vicente. Como Rubén Juárez,
Fiorentino combinó el bandoneón con el canto. Es más, sus inicios
fueron con el fueye y luego llegó el canto. Vicente le regaló el
primer bandoneón y su maestro fue Minotto Di Cicco. Después con su
hermano en el violín y José Martínez en el piano armaron un conjunto
con el que se ganaron la vida en los cafetines, cines y teatros del
Buenos Aires de los años veinte.
A sus habilidades con el fueye y la garganta, Fiorentino le suma su
maestría como compositor. Temas como “Orquesta de mi ciudad” y “Pa qué
seguir” son de su autoría. Sus inicios profesionales se dan en 1924,
en el teatro Casino con Francisco Canaro. No lo hace como cantor sino
como bandoneonista. Después integra la orquesta de Juan Carlos Cobián.
Tiene apenas veinte años, pero comparte la música con los grandes ases
del momento. Cobián dirige desde el piano a una línea de fueyes
integrada por Petrucelli. Ciriaco Ortiz, Primiani y Fiorentino; en los
violines están Elvino Bardaro, Manolo Francia y Fausto Frontera,
mientras que el contrabajo está a cargo de Humberto Constanzo. Con
Cobián graba para la Víctor temas como “Ladrón”, “Me querés” y “Qué
juez aquél”.
Su siguiente orquesta es la de Juan D’Arienzo, cuando todavía no era
el rey del compás y se lo consideraba uno de los músicos más creativos
del ambiente. Con D’Arienzo actúa en el “Chantecler” y graba nueve
tangos en el sello Electra. Después está la temporada con las
orquestas de Angel D’Agostino y Pedro Maffia. Allí graba “Taconeando”,
mientras que con la Orquesta Típica Víctor graba “Organito callejero”.
En 1927 regresa con Canaro y de esa época son “Micifuz”, “Tu secreto”,
“Malandrín” y “Che italiano”. En algún momento graba con Roberto Firpo
“Tal vez sea mi nena”.
Fiorentino se va a ir revelando como cantor, pero su perfil será el de
“estribillista”. Como se sabe, los directores de orquesta de los años
veinte e inicios de los treinta estimaban que el cantor no debía
interferir a los músicos o distraer a los bailarines. Su participación
entonces era breve, la del estribillo. Sin embargo, Fiorentino será el
primero en cantar un tema completo. El acontecimiento ocurrió en 1934.
Fue con la orquesta de Roberto Zerrillo y en la ocasión Fiorentino
cantó “de punta a punta” el tango “Serenata de amor”, compuesto por el
propio Zerrillo y escrito por Orlando Cúfaro. A partir de ese momento,
los directores de orquesta empezaron a admitir que el cantor sea uno
de los protagonistas principales de la formación.
Para la década del treinta, Fiorentino ya es un cantor conocido y
prestigiado en el ambiente. Ha actuado en radio Belgrano y Argentina,
ha pasado una temporada en Alemania con la agrupación de Fogelman y
Gorrese y ha integrado el conjunto Los Poetas del Tango, donde se
destacan músicos de la talla de Antonio Rodio, Héctor Artola, Miguel
Nijenshon y Miguel Bonano. En algún momento ha tenido un paso fugaz
por las orquesta de Angel Rodio y Ricardo Malerba y ha actuado en la
película “Viejo barrio”, dirigida por Isidoro Navarro.
El 1º de julio de 1937 se incorpora a la orquesta de Troilo y allí
llega su consagración. Si se admite que la década del cuarenta es
clave para la historia del tango, en esa década uno de los
protagonistas centrales es el dúo de Troilo con Fiorentino. Entonces,
una de las grandes satisfacciones de los amantes del tango era llegar
al Marabú en el subsuelo de Maipú al 359 después de la medianoche para
disfrutar de un whisky, una copa de champagne, la música de Pichuco y
la voz de Fiorentino. Si, además, al espectáculo se lo podía
presenciar acompañado de una dama, el placer era completo.
Cuando en marzo de 1944 Fiorentino lo deja a Troilo, se inicia su
lenta declinación. Es una declinación de lujo porque lo hace
acompañado por las orquesta de Orlando Goñi, Astor Piazzolla y José
Basso, pero hoy puede apreciarse que ya no era el mismo, no obstante
lo cual hay momentos de gloria y, además, cuenta con la lealtad de una
platea cada vez más amplia. “Antes de Troilo nada; después de Troilo
nada”, escribe con tono amargo Nicolás Lefcovich.
Con Piazzolla graba 22 temas. Tangos como “Si se salva el pibe” o
“Corrientes y Esmeralda”, siguen siendo memorables a través de su voz
que la vida nocturna y los excesos van desgastando lentamente. Se dice
que diez días antes de su muerte le dijo a un amigo: “Gardel se fue en
el momento oportuno; yo en cambio perdí el tren”. Se equivocaba, pero
no tanto.
Cuando se fue Piazzolla, su orquesta luego es dirigida por Carlos
Figari e Ismael Spitalnik. Las cosas no deben de haber ido muy bien
porque en 1948 se incorpora a la orquesta de José Basso. De ese
pasaje, acompañado por ese otro excelente cantor que fue Ricardo Ruiz,
once tangos han quedado grabados para la historia, entre los que se
destacan “Gricel”, “Mano brava” y “Tu diagnóstico”. En 1951 viaja a
Uruguay para incorporarse al conjunto dirigido por el pianista José
Adolfo Puglia y el bandoneonista Edgardo Pedroza. En Montevideo graba
tres temas.
A partir de ese momento comienzan sus peregrinaciones por el interior
del país, en teatros y clubes donde el público se convoca para
escuchar a quien ya es una leyenda del tango. Sus actuaciones son
modestas y poco pretenciosas. Algunas veces canta en boliches de mala
muerte o entretiene al público en el cine. A fines de 1955 viaja a
Mendoza.
El 10 de noviembre de 1955 canta en un baile a beneficio de la escuela
Alfonso Bernal en el distrito de Los Arboles en la localidad de
Rivadavia ubicada a unos 35 kilómetros de la ciudad de Mendoza. La
función termina sin novedades y con unos amigos deciden regresar a la
ciudad. No se sabe por qué no lo hicieron por la Ruta Nacional 7, pero
ya se sabe que en estas cuestiones es el destino el que escribe el
libreto.
El auto se interna por un camino de ripio. Los viajeros llevan algunas
copas de más y se proponen continuar la fiesta en Mendoza donde los
están esperando. La tragedia se desencadena cuando cruzan el puente
Tiburcio Benegas sobre el río Tunuyán. No es ni un puente peligroso ni
un río profundo. El auto a muy baja velocidad cae al lecho del río.
Nadie se ha hecho nada, salvo Fiorentino que se ha golpeado y ha
perdido el conocimiento con tan mala suerte que su cabeza ha quedado
hundida boca abajo en un charco de agua.
Cuando la noticia llegó a Buenos Aires sus amigos no lo querían creer.
“Una muerte estúpida”, dicen que dijo Troilo. Una muerte estúpida para
quien fue uno de los grandes del tango y que, vaya la casualidad, a su
regreso de Mendoza estaba invitado a sumarse a la orquesta de Aníbal
Troilo y Roberto Grela. No pudo ser.