Francisco Rotundo y el cantor de tangos

Las décadas del veinte y del
treinta le otorgaron al cantor de tango el rol de estribillista. Lo
fundamental era la música, el canto se subordinaba a las exigencias del
director. Entonces se suponía que el cantor distraía a los bailarines y
a los propios músicos. Con todo, el rol de los cantores en la orquesta
fue creciendo lentamente y para la década del cuarenta ya eran las
estrellas de la noche. Lo que temían los viejos directores se cumplió:
el cantor terminó eclipsando a la orquesta.
El maestro Francisco Rotundo fue el que percibió con más claridad esta
tendencia y actuó en consecuencia. Ya para fines de la década del
cuarenta los cantores de orquesta eran importantes con Troilo, Di Sarli,
Pugliese o Tanturi, pero el que lleva esa tendencia a su máxima
expresión es Rotundo y el momento en que esa orientación se manifiesta
con toda claridad es cuando incorpora a su orquesta al Tata Floreal
Ruiz.
En realidad, ya para 1947 la orquesta de Francisco Rotundo se lucía en
el mítico Café Nacional de calle Corrientes y sus cantores de entonces
eran Horacio Quintana y Aldo Calderón, que luego serán desplazados por
Carlos Roldán -formado al lado de Canaro- y Mario Corrales, un cantor
que venía de la orquesta de Osmar Maderna y que luego de una breve
temporada con Rotundo, se sumará a la orquesta de Di Sarli con el nombre
de Mario Pomar.
En octubre de 1948 ingresa Floreal Ruiz a la orquesta. Unos meses antes
Ruiz y Rotundo se encontraron una madrugada en un cafetín ubicado al
frente del cabaret Tibidabo. El Tata era entonces la estrella estelar de
la orquesta de Troilo. Tino Rossi, bandoneonista de Rotundo, cuenta que
decidieron no reparar en gastos para contratarlo. No iba a ser fácil.
Pichuco era muy celoso con sus cantores y se fastidiaba mucho cuando
algún colega se los quería ganar. Pues bien, Rotundo hizo una oferta
que, como dijera Michel Corleone, el Tata no le pudo decir que no. La
oferta fue de tres mil pesos por mes durante cuarenta meses. Troilo le
pagaba 700 pesos.
Demás está decir que Ruiz se fue con Rotundo y hasta 1957 fue la marca
registrada de la orquesta. En esa década grabó 25 temas en el sello
Odeón. Temas como “Infamia” de Enrique Santos Discépolo, “Esclavas
blancas” de Horacio Pettorossi, “Melenita de oro” de Samuel Linning o
“Un infierno” del propio Francisco Rotundo y letra de Reynaldo Yiso,
pertenecen a ese período.
No terminaron allí las ambiciones de Rotundo. La orquesta para
principios de los años cincuenta actuaba en los principales locales
nocturnos de Buenos Aires con un notable éxito de taquilla. El público
del café El Nacional de calle Corrientes, o de la Richmond de Suipacha
disfrutaba de esta orquesta que contaba entre sus filas a músicos como
Luis Staso, Ernesto Rossi y Mario Abramovich.
Sin embargo, el proyecto de Rotundo apuntaba a disponer de dos y, de ser
posible tres cantores estrellas en su orquesta. Fiel a ese criterio, en
1952 incorporó a Enrique Campos, un uruguayo que se había desempeñado en
la orquesta de Ricardo Tanturi imponiendo un estilo elegante, sutil,
íntimo, un estilo que estaba en las antípodas del que practicaba ese
otro gran cantante de Tanturi que fue Alberto Castillo.
Enrique Campos grabó con Rotundo, entre otros grandes éxitos, temas como
“Por seguidora y por fiel” de Celedonio Flores, “Llorando la carta” de
Juan Fulginiti y “Libertad” de Felipe Mitre Navas. También a esa época
pertenece el tema de Charlo y González Castillo, “El viejo vals”, que
Campos y Ruiz interpretaron a dúo constituyéndose en uno de los grandes
éxitos de la época.
No conforme con estos dos cantores, al año siguiente sumó para la
orquesta la presencia -nada más y nada menos- que de Julio Sosa, quien
venía de actuar en la orquesta de Enrique Francini y Armando Pontier.
También como en el caso de Ruiz y Campos, Rotundo le hizo una oferta
irresistible de cinco mil pesos por mes al “Varón del tango”, quien no
vaciló en decir que sí.
Sosa va a estar dos años con Rotundo. A ese período pertenecen tangos
como “Mala suerte” de Francisco Gorrindo, una de sus grandes creaciones;
“Levanta la frente” de Antonio Nápoli, que Agustín Magaldi había
consagrado en su momento y “Secretos” y “Justo el 31” de Enrique Santos
Discépolo. Sosa dejó esta orquesta por algunas dificultades vocales que
luego, mediante una oportuna intervención quirúrgica, pudo superar.
Problemas de salud al margen, siempre recordará con afecto esos dos años
con Rotundo que le permitieron consolidar su estilo al lado de ese otro
gran uruguayo como fue Enrique Campos.
En 1957 la orquesta sumó a sus filas a ese notable cantor que se llamó
Jorge Durán, intérprete, entre otros grandes temas, de “Sus ojos se
cerraron”, de Alfredo Lepera. La otra gran figura de la orquesta en
estos años fue Alfredo del Río, un distinguido vocalista que provenía de
las orquestas de Pedro Laurenz y Alfredo Gobbi. “Dicha pasada”, un
tangazo de Guillermo Barbieri, es recuperado por Alfredo del Río gracias
a la sugerencia de Rotundo.
El último cantor de Rotundo en esos años, fue Roberto Argentino. La
interpretación que éste hace del tango “Qué tarde que has venido”, de
Carlos Waiss -un amigazo de Rotundo- es muy buena y se la puede apreciar
gracias a la excelente grabación del sello Odeón. Waiss -dicho sea de
paso- fue su glosista cuando en 1945 un Rotundo joven dirigía la
orquesta que actuaba en el club de San José de Flores. Otro de sus
glosistas fue el gran Julián Centeya.
Se dice que para 1957, Rotundo no pudo soportar las prohibiciones y
censuras ejercidas por el régimen de la llamada Revolución Libertadora.
Es que, además de pianista, Rotundo era un hombre de clara filiación
política peronista. Su identidad peronista se reforzaba porque su esposa
era Juanita Larrauri, cantante de tangos y senadora peronista por la
provincia de Córdoba.
Rotundo nunca fue pobre. Su padre era empresario y cuando las
persecuciones políticas le hicieron la vida imposible desarmó la
orquesta y retornó a la actividad de sus mayores. De todos modos, nunca
dejó el ambiente del tango y a principios de los años setenta retornó a
las andadas. Fue para esa época que inauguró, primero en Liniers y luego
en Villa Luro, “La casa de Rotundo” por donde desfilaron personajes como
Mario Bustos, Jorge Casal, Carlos Roldán, Alfredo del Río y el mismísimo
Horacio Salgán.
Francisco Luis Rotundo nació en la ciudad de Buenos Aires, en el barrio
de Belgrano, el 4 de noviembre de 1919. Su destino familiar era la
conducción de la empresa de sus mayores, pero pronto supo que su
vocación real era la música y, muy en particular, el tango.
Era un adolescente cuando ya andaba curioseando en el ambiente tanguero.
Pero su hora de gloria se dio en 1944 cuando su improvisada orquesta de
entonces ganó el concurso organizado por el Palermo Palace, uno de esos
templos del tango de los cuarenta, ubicado en Godoy Cruz entre Santa Fe
y Cerviño y que para aquellos años era animado por la orquesta de
Ricardo Tanturi y sus cantores emblemáticos: Alberto Castillo y Enrique
Campos.
La orquesta de Francisco Rotundo no tuvo la dimensión de formaciones
como las de Pugliese, Maderna, Di Sarli o Troilo. Pero sería injusto
desconocerle aportes musicales y esfuerzos honestos para brindar un
espectáculo digno y respetuoso. Sólo un músico de calidad podía disponer
de ese “olfato” para seleccionar cantores excelentes que -dicho sea de
paso- siempre le reconocieron maestría y hombría de bien. Francisco
Rotundo murió en Buenos Aires el 26 de septiembre de 1997
Por
Manuel Adet - El Litoral
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