Tuve la oportunidad de conocerlo en 1964 en los estudios de radio
Splendid. Fue un sábado a la siesta. Hacía calor pero no importaba,
porque lo importante era él, su estilo impecable, su fraseo clásico.
Un amigo me dijo después que Leopoldo Federico era uno de los grandes
del bandoneón, un músico del nivel de Pedro Maffia, Carlos Marcucci,
Pedro Laurenz, Ciriaco Ortiz o Aníbal Troilo. Exagerado o no, luego de
escucharlo le creí al pie de la letra.
Después disfruté de su música a través de las grabaciones que hizo con
Julio Sosa con quien estuvo cuatro años y grabó sesenta y cuatro
temas. Dicen que la relación se inició con ese tangazo de Enrique
Cadícamo que se llama “Madame Ivonne”, musicalizado por Eduardo
Pereyra y se despidieron la noche que grabaron “Siga el corso”,
escrito por Francisco García Jiménez con la música de Anselmo Aieta.
En los años cincuenta, sesenta y setenta el amante del buen tango
sabía que podía disfrutar de Leopoldo Federico en los grandes templos
tangueros de la noche de entonces: Viejo Almacén, Casablanca o el
cabaret Tibidabo. Cuando hoy le preguntan sobre cómo funcionaba la
relación del tango con la noche, responde que el noventa por ciento
del tango que hoy se escucha en Buenos Aires es para turistas.
Advierte que no tiene nada en contra de los que se ganan la vida con
estos divertimentos, pero que el tango tal como él lo conoció tiene
poco y nada que ver con el consumo de los turistas. Según su opinión,
antes un músico podía ganarse la vida en una orquesta; hoy tiene que
hacer malabares para parar la olla. El clima y la calidad de la noche
eran diferentes. Recuerda que en Casablanca o el Viejo Almacén, por
ejemplo, sus intervenciones no iban más allá de los veinte minutos,
porque después estaban -por ejemplo- Edmundo Rivero, el Sexteto Tango
o Alberto Podestá. Ese romance entre la noche y la calidad musical se
ha roto, se ha perdido o ya no es tan intenso.
Seguramente Federico tiene motivos y fundamentos para decir lo que
dice. Después de casi sesenta años de trajinar el tango y la noche, al
ambiente lo conoce como la palma de la mano. Sabe lo que es tocar por
“el pancho y la Coca”, lo que significa reconocer la luz de la
madrugada cuando se insinúa a través de los ventanales y cortinados
del local, lo que es el aplauso del público y, sobre todo, el silencio
de los que escuchan paladeando nota a nota. Ha disfrutado del éxito y
sobre todo del reconocimiento de sus colegas, de los mejores, los más
selectos.
Leopoldo Federico nació en el corazón del barrio Once el 12 de enero
de 1927. Apenas terminó la primaria se acercó a la música para nunca
más dejarla. Su primer maestro fue Federico Lipesker. Él le enseñó las
primeras nociones de armonía a ese chico que tenía doce años recién
cumplidos. Después llegaron los maestros Francisco Requena y Carlos
Marcucci. Y con ese caudal de conocimientos el muchacho se largó a la
calle con el bandoneón bajo el brazo.
Se dice que la primera orquesta que trabajó fue la de Adomo Flores y
el escenario del debut fue el cabaret Tabaris de calle Corrientes. No
tenía dieciocho años cuando se incorporó a la orquesta de Juan Carlos
Cobián y estuvo una temporada con Alfredo Gobbi. En algún momento
Emilio Balcarce lo convocó como primer bandoneón de la orquesta que
acababa de formar Alberto Marino. En 1946 está con Osmar Maderna y
tiene pasajes fugaces en las orquestas de Mariano Mores, Carlos di
Sarli y Horacio Salgán. Conclusión: al iniciarse la década del
cincuenta Leopoldo Federico ha aprobado con muy buenas calificaciones
todas las asignaturas para jugar en primera.
Precisamente en 1952 actúa en el cabaret Tibidabo y en Radio Belgrano
junto con Atilio Stampone. En esa formación orquestal canta uno de los
personajes míticos del tango: el Gallego Antonio Rodríguez Lesende, el
cantor que fue capaz de decirle que no a Troilo y cuyas grabaciones en
la actualidad los coleccionistas trajinan cielo y tierra para
encontrarlas. “ El tango “Tierrita” pertenece a ese período.
En 1955 recibe el reconocimiento más distinguido. Esto ocurre cuando
Roberto Pansera deja el Octeto Buenos Aires y Astor Piazzolla lo llama
para que lo reemplace. Para 1959, Federico tiene su propia orquesta y
ya ha grabado su primer 78. Su futuro es promisorio y todo indica que
seguirá por esa huella. Sin embargo, en 1960 se conocen con Julio Sosa
y larga todo para acompañar al cantor más popular de Buenos Aires de
entonces. No se equivocó en la apuesta. La dupla fue una de las más
exitosas de su tiempo. Los discos que editaban se vendían como pan
caliente. La pareja Sosa-Federico era una marca tanguera registrada.
La relación duró hasta noviembre de 1964, hasta la madrugada en la que
Sosa, con demasiadas copas encima, se estrelló contra el semáforo de
avenida Figueroa Alcorta y Mariscal Castilla.
Federico no sólo le dio un tono y un registro musical distintivo a sus
acompañamientos, sino que alentó un tipo de letra lírica que Sosa con
su talento transformó en grandes éxitos. Tangos como “Nunca tuvo
novio” de Enrique Cadícamo, “El último café” de Cátulo Castillo o “Qué
falta que me hacés”, escrito por Federico Silva y musicalizado por
Armando Pontier y Miguel Caló, fueron marca registrada de Sosa. El
“Varón del tango” tuvo excelentes desempeños con las orquestas de
Armando Pontier y Francisco Rotundo pero, sin desmerecer a nadie,
puede decirse que el músico que coronó su obra de cantor fue Leopoldo
Federico.
En la segunda mitad de los sesenta, Federico se dedica a estar
presente en los mejores escenarios de la noche porteña y a viajar por
el mundo. En Japón, por ejemplo, estuvo siete veces. Su orquesta contó
con la colaboración de cantantes como Carlos Gari, Roberto Ayala,
Laura Esquivel y Alberto Fabri. En ciertas ocasiones se sumaban a la
formación músicos de todo el mundo. Fue lo que hicieron Yoicho
Suigawara de Japón o Eino Gron de Finlandia.
A sus condiciones de intérprete, le suma su talento de compositor,
oficio al que siempre respetó, aunque nunca se cansó de decir que él
no tenía condiciones para ejercerlo. Sin embargo, temas exquisitos
como “El cabulero” rebautizado años después por Piazzolla como
“Neotango” y actualmente grabado por la orquesta “El arranque”,
pertenece a su autoría. Lo mismo puede decirse de temas como
“Sentimental y canyengue”, “Preludio nochero” o “Diagonal gris”.
Algunos de ellos grabados en su momento por las orquestas de Horacio
Salgán y Osvaldo Pugliese.
En su itinerario profesional están “El cuarteto San Telmo” con el gran
Roberto Grela, donde graban temas como “Amurado”, “El pollo Ricardo”,
“Danzarín” o “El africano”, entre otros. Constituye luego el exclusivo
“Trío Federico, Berlingieri, Cabarcos”, Berlingieri en el piano y
Cabarcos en el contrabajo. A ello se suma su participación en el
“Quinteto Real” de Horacio Salgán. Total, en la actualidad Leopoldo
Federico es uno de los grandes próceres del tango, el testigo
irrepetible de una época decisiva para el género, un músico que se lo
puede disfrutar de alguna de sus grabaciones en la soledad del cuarto
o en los conciertos públicos, porque en todos los casos el placer está
garantizado