Se la conoció como “la dama del tango”, un reconocimiento que ganó en
México, el país en donde los entendidos aseguran que fue más famosa
que en el suyo, cumpliéndose con el añejo principio de que nadie es
profeta en su tierra. De todos modos, en los años treinta y cuarenta
Mercedes Simone llegó a ser en la Argentina una cantante popular
reconocida, y no sólo reconocida, sino también valorada por el público
y la crítica porteña, al punto que la llegaron a considerar la versión
femenina de Carlos Gardel, una designación que disputó con Nelly Omar.
El halago gardeliano se lo supo ganar con talento y con una singular
sensibilidad para captar los matices de las letras y expresarlas con
un tono de voz educado, una afinación notable y una dicción perfecta.
A diferencia de algunas de sus colegas, fue muy exigente consigo mismo
en materia de canto. Ensayaba todos los días, se preocupaba por cuidar
su voz y en algún momento tomó clases particulares con un maestro de
ópera del teatro Marconi que le enseñó a respirar y a colocar la voz
como correspondía.
No fue la primera mujer que cantó tangos, pero fue la primera que
interpretó al tango de tal manera que la clase media y el gran público
en general lo aceptó, algo que nunca terminó de ocurrir con las
cantantes del género más clásicas de los años veinte. Me refiero a
Azucena Maizani, Rosita Quiroga o Sofía Bozán, cada una dueña de
condiciones singulares, pero demasiado atadas a las versiones
revisteriles, picarescas y en cierto sentido marginales de las letras
de tango.
Al respecto hay que decir que desde los tiempos de “La morocha”, es
decir, desde principios de siglo, hubo mujeres que se animaban a
interpretar el tango. Por lo general lo hacían de manera improvisada,
insistiendo más en sus costados grotescos y todo ello dirigido a un
público exclusivamente masculino y nocturno. Hasta la aparición de
Simone, la mujer en el tango ocupaba un rol marginal y lo suyo tenía
más que ver con lo festivo y la comedia que con el arte. El talento de
Maizani o Quiroga consistía en construir personajes femeninos con los
trazos de la caricatura. Mujeres reas, prostitutas, pícaras, pero
alejadas de una identidad femenina creíble. La vestimenta respondía a
esos mismos criterios. Vestían como cocottes o se caracterizaban como
hombres, en todos los casos, los disfraces expresaban la moral media
de la época donde la identidad y el rol de la mujer estaban
escamoteados.
Mercedes Simone no sólo se supo diferenciar de sus predecesoras de la
década del veinte, sino que también supo tomar distancia del estilo
sensiblero -de los gorgoritos, diría un crítico- de Libertad Lamarque.
Lo suyo fue mucho más elaborado, un registro de mezzo soprano que le
permitió darle al tango el tono que se esperaba de una mujer que no
necesariamente debía asimilarse a una vampiresa o a una desvelada niña
ingenua, tal como pretendía representarla Libertad Lamarque.
Ya habrá oportunidad de hablar de los aportes de mujeres como Maizani
o Quiroga al tango. Fueron mujeres con grandes condiciones que
debieron actuar en un contexto muy complicado para ellas. Incluso
dispusieron del talento necesario para saber aprovechar sus propios
límites derivados de la voz o de la falta de estudios más exigentes.
Escucharlas cincuenta años después es un homenaje a la nostalgia, a
cierta manera de pensar el tango o de colocar la voz e incluso de
pronunciar las palabras, pero está claro que lo suyo vale como el
testimonio de una época, porque sus aportes artísticos como tales son
modestos.
Esos límites estrictamente musicales no existen en Mercedes Simone,
salvo los que se impuso ella misma con un repertorio muy por debajo de
sus aptitudes, no obstante que cantó acompañada por excelentes
orquestas e interpretando, por ejemplo, las mejores milongas de Manzi
y Piana. Su otro límite tampoco provino de la música, sino de sus
atributos como actriz o, para ser más precisos, de su falta de
atributos. Filmó cuatro o cinco películas que en su momento fueron muy
taquilleras, pero ni siquiera el éxito alcanzó para disimular sus
condiciones actorales, realmente deplorables no obstante el esfuerzo
de los directores por disimularlos tratando de que se represente a
ella misma en parlamentos muy breves y, en las mayoría de los casos,
haciendo lo único que sabía hacer en un escenario: cantar.
Su carrera artística fue relativamente breve, no muy diferente a la de
su rival en aquellos años: la bellísima Ada Falcón, aunque en honor a
la verdad hay que decir que Simone no se retiró dominada por un ataque
místico, sino por una afección a la garganta que le impidió cantar
durante casi veinte años. Cuando regresó después de su singular
“exilio” ya no era la misma y el público que podía escucharla tampoco
era el mismo. Si bien grabó a lo largo de su carrera más de 240
canciones, sus discos prácticamente desaparecieron del mercado.
Tuvieron que pasar otros veinte años, incluida su muerte, para que sus
temas se reediten y su obra se valorice en toda su dimensión. Hoy
quien esté interesado en conocer su voz no tiene demasiadas
dificultades para hacerlo y apreciar su talento, un talento que ha
vencido la prueba del tiempo, la exigencia de hierro para cualquier
artista porque, como se dice en estos casos, “Mercedes Simone canta
cada día mejor” por la sencilla razón que sus interpretaciones,
aquellas que constituyen verdaderos clásicos del tango, siempre han
sido excelentes.
Nació en 1904 en un pueblito cerca de La Plata y se casó con Pablo
Rodríguez, un guitarrista y cantor que en aquellos años era
medianamente conocido en algunos ambientes tangueros. De la mano de su
marido se inició en el canto y a principios de los años veinte debutó
en Bahía Blanca en la confitería nocturna “Los dos chinos”.
Seguramente sus condiciones deben de haber llamado la atención de los
promotores y de su propio marido, porque poco tiempo después estaba
actuando en el café Nacional de calle Corrientes acompañada con las
guitarras de su esposo y de Reynaldo Baudino.
La leyenda cuenta que Rosita Quiroga la descubrió cantando en el
“Chantecler” y le presentó a las personas indicadas para que haga su
primera grabación. Fue en 1927 y lo hizo en el sello “Víctor”, como
luego lo haría en el sello Odeón. A partir de ese momento su carrera
artística fue en ascenso. Las orquestas de Francisco Lomuto y Adolfo
Carabelli la acompañaron en su mejor momento, pero además tuvo el
honor de cantar acompañada por dos grandes del tango: Miguel Caló y
Pedro Maffia; este último la acompañó en el estreno de su tango
exclusivo, el tango que iniciaba sus presentaciones en radio y por el
cual la recuerdan la mayoría de sus admiradores. Se trata de
“Cantando”, escrito y compuesto por ella.
Famosa en los clubes nocturnos y en la radio, las puertas del cine
sonoro no demoraron en abrírsele. Filmó “La otra y yo” “Tango”,
“Ambición” “Sombras porteñas” y “Vuelta de Rocha” Todas estas
películas son olvidables, pero dan cuenta de la gravitación que Simone
tuvo en el mundo del espectáculo en aquellos años. Las giras por
América Latina se hicieron cada vez más frecuentes y prolongadas.
Cantó en México, Cuba, Venezuela y Colombia. Amplió su registro e
incorporó al repertorio boleros, fox trox, canciones españolas y
calypsos. Según se dice los interpretó con respeto y sin desafinar una
nota, pero sin duda que lo suyo era el tango.