Historia enviada por Oscar Mármol - 10/4/2001
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                               EL CHIQUILIN
(NIÑO PRODIGIO CANTOR DE TANGOS)

Había muerto Carlitos Gardel y entre los pibes del barrio del Abasto había germinado la semilla de ser cantores de Tangos. Para ese entonces, (años 1936-1937) había una orquesta que en el Petit Salon de Montevideo y Corrientes probaba a los chiquilines con aspiraciones tangueras por las tardes. Entre ellos estaba el hermano de Marquitos Zuker, y un pibe morochito, muy vivaz y pícaro, que estaba destinado a ser uno de los mejores intérpretes de nuestro tango. La orquesta estaba dirigida por el bandoneonista Antonio Bonavena (el tío de Ringo). Bonavena le peguntó al chiquilín “Qué querés cantar?", y el pibe le respondió "No sé... 'Alma de bohemio', o 'Milonguero viejo...”. El maestro lo miró fijamente y le advirtió: “Mirá que son muy difíciles, hay que colocar la voz muy arriba”, a lo que el pibe le contestó "Alma de bohemio", sabiendo que de los dos temas, era el más complicado. Bonavena arrancó, no muy convencido, y el jovencito comenzó a cantar “Peregrino y soñador... cantarrrrr quiere mi fantasíaaaaa”. El director no podía creer lo que escuchaba: de la boca de ese chiquilín esmirriado salía una voz impecable, con un color y unos matices increíbles. Además colocaba la voz con una facilidad que asombraba. Íntimamente pensó: "Este es un ángel cantando". El maestro Bonavena agradeció a Dios haber sido quien descubrió a este niño prodigio, que venía a hacer el recambio de aire que las épocas exigían con referencia a nuevos valores. No se le ocurrió preguntarle la edad, sus pantalones cortos indicaban que era menor, ya que podría haber sido una frustración dado que los menores no podían intervenir en espectáculos, y este chiquilín tenía para ese entonces apenas 16 años. Le preguntó si quería ir todas las tardes a cantar por unas monedas, y el pibe le dijo que sí. El maestro Bonavena no tenia dudas del gran futuro que el pibe tendría, y el tiempo le dio la razón. Le comentó con su amigo, el director Francisco Di Rose, que tocaba en esos momentos en el Café El Nacional, que había descubierto a un chiquilín que cantaba como los ángeles. Di Rose tuvo interés en probarlo, y el chiquilín pasó a cantar en el glorioso Café El Nacional durante cuarenta noches. Una de esas noches, mientras cantaba "Milonguero viejo", acertó a escucharlo Margarita, una joven muy bonita que conocía al maestro Carlos Di Sarli ,y que se quedó extasiada al ver a este pibe cantar el tango que el maestro le había dedicado a su maestro y amigo, Osvaldo Fresedo. Inmediatamente, le llevó la noticia a Di Sarli, y el maestro acudió a El Nacional para comprobar personalmente esta información. Cuando Di Sarli lo escuchó, se emocionó tanto que lo abordó y le pregunto: “Pibe, vos me conocés... ¿te gustaría cantar conmigo?”. Y el chiquilín, que todavía tenía pantalones cortos, le dijo displicentemente “Y... sí”. A los que conocimos a Di Sarli, esta escena  nos parece increíble, dado que el querido maestro era una persona muy seria, pero que evidentemente se rindió ante el milagro de la voz de este chico, al que a partir de ese momento le brindó un cariño muy especial que duró hasta la muerte del maestro, en 1960. Todos sabemos que El Nacional era reconocido como "la catedral del tango", y al pibe le costaba dejar ese lugar. Di Sarli, viéndolo dubitativo, le dijo: "Vamos, que quiero probarte ya mismo. Acá cerquita hay un piano donde yo actuó, en el cabaret Moulin Rouge", y caminando por Corrientes hacia el Bajo, se fueron el maestro y el pibe. Cuando estuvieron junto al piano, Di Sarli le pidió: “¿Podés cantar 'Milonguero viejo'?" Carlos Di Sarli, emocionado hasta las lágrimas, no podía dar crédito a lo que escuchaba: su Tango cantado por un ángel. Cuando el pibe terminó, le propuso: “¿Podés debutar con mi orquesta esta misma noche en el Moulin Rouge?". Fue debut y despedida. A Di Sarli tampoco le interesó saber la edad del cantor, sabía que los menores no podían actuar, pero se jugó la patriada. No salió bien, ya que los dueños del cabaret no querían líos, y Di Sarli tuvo que sacar al pibe debajo de su sobretodo, para evitar que clausuraran el lugar. No era para menos ¡un cantor de pantalones cortos! Días más tarde, el maestro lo llevó a una famosa sastrería de la época, Los 49 auténticos, y le compro el primer traje de pantalones largos. Grabó en su primer disco el tango "Corazón", y en ese momento comenzó una seguidilla de éxitos para la orquesta de Di Sarli. Todos querían conocer a este chiquilín, cuya voz se mimetizaba hasta ser un instrumento más en el conjunto orquestal. Así comenzó la brillante carrera de Roberto Rufino, quien posteriormente dejó impecables grabaciones que dan testimonio de su paso por las grandes orquestas de Miguel Caló, Fancini y Pontier y Aníbal Troilo. Estas grabaciones nos prueban que Roberto fue uno de los más grandes intérpretes de nuestro Tango. Su forma de expresarse, esa lágrima que tenía en la voz, el hondo dramatismo que imprimía a sus interpretaciones, define una personalidad sin parecidos. Los que amamos el tango, no olvidaremos nunca a este ser tan querible y sensible que fue Rufinito, ejemplo de esposo, padre y amigo.  

Con todo afecto,
Oscar Mármol

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