Historia enviada por Oscar Mármol el 14/5/2001
JUAN D'ARIENZO
 
Una de las manifestaciones culturales mas importantes de nuestro país, sin lugar a dudas, es el Tango. Hasta el año 30 había dos líderes bien definidos: los maestros Francisco Canaro y Roberto Firpo. No obstante había jóvenes músicos que desde el año 20 reclamaban su espacio en nuestra música popular. Algunos de ellos eran Julio de Caro, Juan D'Arienzo y Osvaldo Fresedo.
De árboles como De Caro y Fresedo nacieron ramas como Osvaldo Pugliese y Carlos Di Sarli, discípulos notables que son integrantes del equipo de arquitectos que construyeron la revolución llamada "Época del 40", y que hasta hoy se recuerda como la "Época de oro" del tango. El caso de D'Arienzo merece ser considerado en forma independiente, dado que, en mi opinión, es el gran "Revolucionario del tango". Digo esto porque D'Arienzo siempre fue fiel a las formas musicales tradicionales del Tango,  pero en 1935 incorporó a su orquesta al notable pianista Rodolfo Biaggi lo que le dio al conjunto un magnetismo especial debido a su enorme talento. Esta nueva modalidad cala hondo en el gusto popular, que quería expresar en la danza los sentimientos que provocaban en los bailarines los tangos, las milongas y los valses. Este fenómeno ocasiona que las otras orquestas imprimieran mayor velocidad a sus interpretaciones, tratando de imitar el ritmo nervioso de D'Arienzo, ya que eso era lo que el público reclamaba. El esplendor tanguero de la década del 40 le debe mucho a D'Arienzo, porque es quien da el punto de partida para ratificar lo expresado años antes por Discépolo: “El Tango es un sentimiento que se baila”. D'Arienzo comenzó su carrera en una orquesta con D'Agostino, como violinista y co-director, alrededor de 1918. En 1928, ya como director independiente, incorpora como vocalista a Carlos Dante, quien grabaría más de 20 temas con la orquesta. No obstante, D'Arienzo tuvo detractores, que se cerraban en fanatismos estériles que convertían a los que gustaban del tango,  en hinchas de Troilo, Pugliese o Di Sarli, sin ver que todas las orquestas fueron extraordinarias, y dejaron grabaciones valiosísimas de las que aún podemos disfrutar. Lo que no podemos negar es que este notable director, mantuvo como constante a lo largo de su carrera el propósito de perfeccionar permanentemente el ritmo tanguero. Por eso, cuando Biaggi deja su orquesta, D'Arienzo lo sustituye con el joven Fulvio Salamanca, quien sería el responsable de pulir el estilo brillante e inconfundible del piano de su orquesta. Esta importancia de la carrera de D'Arienzo también se ve reflejada en términos comerciales, ya que durante toda su carrera llegó a vender más de dos millones de placas de su tema "La cumparsita", algo totalmente inaudito en la industria del tango. El presentador oficial del Chantecler, Ángel Sánchez Carreño ("El príncipe cubano"), lo bautizó acertadamente "El rey del compás". En cualquier lugar donde tocara Juan D'Arienzo, estaba asegurada la presencia de miles de seguidores, tal el carisma que ejercía entre los Tangueros.  Cabe recordar que en los famosos bailes de Carnaval, se informaba la facturación que habían realizado los clubes, y era abismal la diferencia entre Juan y sus colegas. Esto señala que fue un auténtico líder. No debemos olvidar a los emblemáticos cantores que lo acompañaron: Héctor Maure, Alberto Echagüe y Armando Laborde, que grabaron con su orquesta verdaderas joyas que disfrutamos hasta hoy. Juan fue un verdadero maestro de cantores. Para afirmarlo sólo basta recordar cómo, durante los espectáculos, se ponía a su lado cuando cantaban, marcándoles los tiempos de entradas y los silencios, mientras dirigía a sus músicos.  Más de 50 años de trayectoria nos dicen que sin dudas fue uno de los más grandes. "El Grillo", como lo llamaban sus íntimos, estaba lleno de vivencias que enriquecieron su figura hasta el fin de sus días.  Tuve el privilegio de conocerlo cuando ya estaba muy avanzado en edad. Lo recuerdo como un un buen tipo, preocupado por ayudar a sus amigos que estaban en la malaria, como él decía, y al que le molestaban los imprudentes de los medios que no respetaban su intimidad (les gustaba llamarlos "plomos").
 
Con todo afecto,
Oscar Mármol  

 

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