|
Información
enviada Carlos A. Manus 10/01/02
Muchas gracias por la colaboración
El tango y la religión
Realidad o leyenda, la relación entre el tango y la religión se habría
iniciado a mediados de 1914 cuando una pareja lo bailó en el Vaticano
ante el Papa Pío X a fin de demostrar que ese baile no era pecaminoso,
con lo que S.S. estuvo de acuerdo. Cabe aclarar que mal podía
tratarse de un baile lascivo porque la pareja la constituían dos
hermanos y, como se sabe, no hay nada más aburrido que bailar con la
hermana.
La
segunda oportunidad no fue nada auspiciosa: Gustavo Martínez Zuviría
(Hugo Wast) -ministro de Educación del gobierno surgido del
cuartelazo del 4 de junio de 1943- estableció una comisión
purificadora del idioma presidida por Mons. Gustavo Franceschi la que
prohibió la difusión de tangos en cuyas letras se utilizara el voceo o
los términos lunfardos.
Los
autores de los tangos ofensivos a la moralina de esos puristas de la
lengua debieron corregir de apuro esas letras, las que terminaron
siendo una parodia del tango. Con nuestra habitual propensión a la
chacota, la gente decía que el nombre del tango “Guardia vieja” iba a
ser cambiado por “Cuidado mamá”.
La
conexión tango-religión se refleja en versos como “…Campanas de
bronce,/ las voces de Dios,/ anunciando “la Novena”/ se oye cual deber
sagrado/ con su toque acompasado,/ de oración./ Viejitas y muchachas,
desfilan hacia el templo,/ consuelo de las almas, que descansan en
paz./ Hilvanan un rosario de penas y recuerdos,/ de hermanos, padres,
novios que ya no volverán./ Los fieles de rodillas elevan hacia el
cielo/ plegarias a la Virgen y súplicas a Dios,/ y mientras en voz
baja dicen avemarías/ el padre “sermonea” desde el Altar Mayor… “ (La
Novena, Alfredo Bigeschi).
Se
observa también esa relación en “… Mientras tanto,/ al pie de la
santa Cruz,/ una anciana desolada/ llorando implora a Jesús:/ “Por tus
llagas que son santas,/ por mi pena y mi dolor,/ ten piedad de nuestro
hijo,/ ¡Protégelo, Señor!” …” (Al pie de la santa Cruz, Mario
Batistella).
En
Si volviera Jesús dice Dante Linyera “Veinte siglos hace, pálido
Jesús,/ que mirás al mundo clavado en tu cruz;/ veinte siglos hace que
en tu triste tierra/ los locos mortales juegan a la guerra./ Sangre de
odio y hambre vierte el egoísmo,/ Caifás y Pilatos gobiernan lo
mismo./ Y, si en este siglo de nuevo volvieras,/ lo mismo que entonces
Judas te vendiera…/… / Si volvieras Jesús,/ otra vez con tu cruz/
tendrías que cargar./ La injusticia impera. ¿Dónde está el amor/ que
tú predicaste, dulce Redentor?/ Magdalena vaga por los callejones/
apedreada, hambrienta… Mandan las pasiones…/ Ya todo se compra y todo
se vende./ La inocencia sufre, nadie la comprende…/ ¡Qué razón tenías!
¡Qué razón que aterra!/ ¡Oh, Jesús, tu reino no era de la tierra!”.
Enrique Santos Discépolo frecuentó esa relación en “…¿Qué vachaché?
Hoy ya murió el criterio!/ Vale Jesús lo mismo que el ladrón… (Qué
vachaché), al igual que en “… Me clavó en la cruz/ tu folletín de
Magdalena,/ porque soñé/ que era Jesús y te salvaba…” (¡Soy un
arlequín!), lo mismo que en “Yo no sé por qué extraña/ razón te
encontré,/ Carrillón de Santiago/ que está en La Merced…” (Carrillón
de La Merced), así como en “… Igual que en la vidriera irrespetuosa/
de los cambalaches/ se ha mezclao la vida,/ y herida por un sable sin
remaches/ ves llorar la Biblia/ contra un calefón…” (Cambalache) y
hasta en la blasfemia de “…Me he vuelto pa’ mirar/ y el pasao me ha
hecho reir…/¡Las cosas que he soñado,/ me cache en dié, qué gil!…”
(Tres esperanzas).
En
una suerte de réplica al citado Qué vachaché, dice Francisco García
Jiménez “… Yo no comparto ni discuto tus razones,/ alta la frente, en
mi sonrisa hay claridad de luz./ ¡Adiós, Ninón! Te cedo los
ladrones./ A precio igual, ¡me quedó con Jesús!” (Adiós, Ninón).
Enrique Cadícamo dice en festiva irreverencia “… Hoy se vive de prepo/
y se duerme apurao./ Y la chiva hasta a Cristo/ se la han afeitao…”
(Al mundo le falta un tornillo).
En
los nostálgicos versos de La capilla blanca, Héctor Marcó evoca “En la
capilla blanca/ de un pueblo provinciano,/ muy junto a un arroyuelo de
cristal,/ me hincaban a rezar tus manos…/ Tus manos que encendían/ mi
corazón de niño,/ Y al pie de un Santo Cristo/ las aguas del cariño/
me dabas a beber…”.
De
ninguna manera creo haber agotado el tema. En todo caso, para
concluir este artículo tal vez nada más apropiado que hacerlo con otro
de los versos de Discépolo “… Ya no me falta pa’ completar/ más que ir
a misa e hincarme a rezar…” (Malevaje).
Carlos A. Manus
Enero 2002
|