MI PERSONAJE INOLVIDABLE
Recuerdo
con mucho afecto y cariño a ese querido gran músico y mejor persona que
fue Osvaldo Pugliese.
Siempre lo admiré por su
coherencia en sus ideas políticas, como así también por haber sido hasta
el final de sus días un ejemplo de vida, por su austeridad y humildad.
Allá
por el año 1954, fui a verlo en su reaparición en el club "Glorias
Argentinas" de Mataderos, luego de haber estado preso en Devoto por
no pensar como los alcahuetes políticos de turno. La puerta del lugar estaba rodeada de gente esperando
para entrar, y el interior del club estaba lleno de
admiradores.
Sin embargo, los minutos pasaban y la
Orquesta ensayaba en el escenario, pero Osvaldo no llegaba. ¿Que
había pasado? Según se dijo, el maestro no había sido liberado dado que un ignoto
funcionario se había olvidado de firmar no sé qué papel.
El público estalló en ira, y voceaba el nombre del maestro. En respuesta a
esto, los músicos,
liderados por Cacho Herrero y el Tano Rugero, actuaron sin él. Era emocionante ver el lugar del piano
iluminado y cubierto de claveles rojos. Fue una injusticia haber
mezclado los sentimientos políticos con el Tango: lo primero nos desunía,
lo segundo nos congregaba.
Las
vueltas de la vida, hicieron que en 1974, siendo presidente Perón, fuera invitado a la Quinta Presidencial
para actuar con su Orquesta. Cuando Perón lo vio entrar, salió a su encuentro, le estrechó la mano y le pidió
perdón por los errores políticos del pasado. Don Osvaldo le agradeció, y le contestó que
él era un pacifista, y que, como tal, no llevaba cuenta del daño, que para
él era un tema olvidado. Otra
muestra de sencillez del maestro, que predicaba con el ejemplo.
A fines
del año 1985, sus amigos le organizaron un justo homenaje en el Teatro
Colón, al que asistí. Cuando Larrea, uno de los locutores, lo invitó a
dirigir unas palabras, agradeció humildemente tanto halago, y pidió
respetuosamente al público presente que le permitiera dedicar la próxima
interpretación, "La Yumba", a su querida vieja. Ella había sido la primera que
lo alentó, diciéndole cuando practicaba en su hogar: "Al Colón, al
Colón". Comenzó a tocar muy emocionado, y el quiebre de su voz
nos emocionó a todos, y a más de uno nos brotó una lágrima de respeto, por
ese ser que jamas olvidó a su viejita.
Con
los años, me lo encontré en el barrio de Almagro, donde él vivía. Le pregunté
cómo andaba, ya que había superado un
grave problema de salud recientemente, y con esa calidez que solamente tienen los
grandes, me respondió: "Ando mejor -y agregó- fíjese que cada vez que salgo de mi casa (vivía en la calle Corrientes),
automáticamente miro para el Obelisco, porque si miro para el otro lado
(Chacarita), veo al Gordo Pichuco y a Manzi que me dicen 'Vení', y no los escucho
porque por ahora, no tengo intenciones de ir."
En enero, con motivo de cumplirse un nuevo aniversario de la muerte de
Carlos
Di Sarli, fui a Chacarita al
predio de las estatuas. Allí me encontré con Lidia,
su querida esposa, que estaba limpiando la estatua de Don
Osvaldo, como lo hace diariamente. La saludé respetuosamente, y le dije
que el pueblo jamás olvidaría a su esposo por haber sido un laburante
tanguero, como a él le gustaba definirse.
Querido
Maestro, gracias por haber sido un ejemplo de vida, donde miles de tangueros
lo hemos admirado por señalarnos el camino
para calificar como buenas personas.
Con
todo afecto
Oscar Mármol