Historia enviada por Oscar Mármol el 3/04/2001

MI PERSONAJE INOLVIDABLE

Recuerdo con mucho afecto y cariño a ese querido gran músico y mejor persona que fue Osvaldo Pugliese. Siempre lo admiré por su coherencia en sus ideas políticas, como así también por haber sido hasta el final de sus días un ejemplo de vida, por su austeridad y humildad. Allá por el año 1954, fui a verlo en su reaparición en el club "Glorias Argentinas" de Mataderos, luego de haber estado preso en Devoto por no pensar como los alcahuetes políticos de turno. La puerta del lugar estaba rodeada de gente esperando para entrar, y el interior del club estaba lleno de admiradores. Sin embargo, los minutos pasaban y la Orquesta ensayaba en el escenario, pero Osvaldo no llegaba. ¿Que había pasado? Según se dijo, el maestro no había sido liberado dado que un ignoto funcionario se había olvidado de firmar no sé qué papel. El público estalló en ira, y voceaba el nombre del maestro. En respuesta a esto, los músicos, liderados por Cacho Herrero y el Tano Rugero, actuaron sin él. Era emocionante ver el lugar del piano iluminado y cubierto de claveles rojos. Fue una injusticia haber mezclado los sentimientos políticos con el Tango: lo primero nos desunía, lo segundo nos congregaba. Las vueltas de la vida, hicieron que en 1974, siendo presidente Perón, fuera invitado a la Quinta Presidencial para actuar con su Orquesta. Cuando Perón lo vio entrar, salió a su encuentro, le estrechó la mano y le pidió perdón por los errores políticos del pasado. Don Osvaldo le agradeció, y le contestó que él era un pacifista, y que, como tal, no llevaba cuenta del daño, que para él era un tema olvidado. Otra muestra de sencillez del maestro, que predicaba con el ejemplo. A fines del año 1985, sus amigos le organizaron un justo homenaje en el Teatro Colón, al que asistí. Cuando Larrea, uno de los locutores, lo invitó a dirigir unas palabras, agradeció humildemente tanto halago, y pidió respetuosamente al público presente que le permitiera dedicar la próxima interpretación, "La Yumba", a su querida vieja. Ella había sido la primera que lo alentó, diciéndole cuando practicaba en su hogar: "Al Colón, al Colón". Comenzó a tocar muy emocionado, y el quiebre de su voz nos emocionó a todos, y a más de uno nos brotó una lágrima de respeto, por ese ser que jamas olvidó a su viejita. Con los años, me lo encontré en el barrio de Almagro, donde él vivía. Le pregunté cómo andaba, ya que había superado un grave problema de salud recientemente, y con esa calidez que solamente tienen los grandes, me respondió: "Ando mejor -y agregó- fíjese que cada vez que salgo de mi casa (vivía en la calle Corrientes), automáticamente miro para el Obelisco, porque si miro para el otro lado (Chacarita), veo al Gordo Pichuco y a Manzi que me dicen 'Vení', y no los escucho porque por ahora, no tengo intenciones de ir." En enero, con motivo de cumplirse un nuevo aniversario de la muerte de Carlos Di Sarli, fui a Chacarita al predio de las estatuas. Allí me encontré con Lidia, su querida esposa, que estaba limpiando la estatua de Don Osvaldo, como lo hace diariamente. La saludé respetuosamente, y le dije que el pueblo jamás olvidaría a su esposo por haber sido un laburante tanguero, como a él le gustaba definirse.

Querido Maestro, gracias por haber sido un ejemplo de vida, donde miles de tangueros lo hemos admirado por señalarnos el camino para calificar como buenas personas.

Con todo afecto

                          Oscar Mármol

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