Letra: C. Oreste 
Música: Roberto Díaz 
Año: 1926
 
La querida viejecita se pasaba todo el día
pensativa y silenciosa recostada en el sillón;
blanco el rostro, el cabello y el batón que la vestía,
semejaba una escultura puesta en la melancolía
de un rincón del comedor.
Sus tres nietos, los risueños, tres alegres angelitos,
angelitos con la cara más espléndida que el sol;
ellos solo la rodeaban de placeres infinitos
cuando en torno de su silla la aturdían con sus gritos
...¿Abuelita, qué horas son?!
 
Todas, todas las mañanas al regreso de la escuela,
cuando el golpe acompasado se escuchaba del reloj,
los hermosos nietecitos con sus pasos de gacela
se acercaban, y de pronto preguntábanle a la abuela:
... ¿Abuelita, qué horas son?
 
Y a la tarde y a la noche siempre el mismo movimiento,
siempre el mismo ruido hacían de la abuela en derredor
y la buena viejecita no ocultaba su contento
cada vez qe los tres niños levantaban el acento:
....¿Abuelita, qué horas son?
 
Hoy he visto a los tres niños que con luto en el vestido
se entregabn a sus juegos, a aquel juego repetido
y cantaban como antes... pero no escuchó mo oído:
... ¿Abuelita, qué horas son?
 
Y apartándose de pronto el mayor de los hermanos,
acercóse al rinconcito del oscuro comedor...
Y al mirarlo tan vacío... tan igual a los arcanos,
al reloj alzó sus ojos y juntando las dos manos
sollozó junto al sillón.
 
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