Letra: Juan Andrés Caruso
Música: Luis Teisseire

Era Calandria un cantor
y el barrio así lo llamaba 
porque en el alma llevaba 
fresca y dulce una canción.
Era gentil trovador 
y era el cantor un zorzal
que volcaba en sus canciones
toda el alma popular.
Ninguno como él sabía cantar 
las penas de amor en el arrabal.

La pena, un día, su alma amargó,
lo hirió el desprecio de una mujer;
su barrio entonces abandonó
y, rumbo a París, Calandria se fue.
El arrabal entero lloró
y el barrio aquel que lo vio nacer
vistió de duelo y enmudeció
sabiendo, tal vez, que no iba a volver.

Solo, lejos, con su pena,
una noche muy oscura
se metió en una aventura
que la vida le costó. 
Dos “macrós” en un callejón
golpeaban a una mujer...
él la quiso defender
y al montón atropelló.
Porteño de ley, Calandria peleó
por una mujer... por ella murió.

Y aquel que siempre supo llevar
en su alma una tierna canción,
también, sereno, supo afrontar
la muerte, como un valiente varón.
Mas antes de morir vio pasar
su barrio como dulce visión...
cuando él, alegre iba a cantar,
como una calandria, trovas de amor.


 

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