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Letra: Cátulo Castillo 
Música: Carlos Viván
                                     Año: 1951

El farol de una cantina. La neblina del Riachuelo
que ha tendido bajo el cielo como un pálido crespón
y en la mesa, donde pesa su tristeza sin consuelo,
Don Giovanni está llorando con la voz del acordeón.
Su lejana cantinela se despena, se hace espina,
con la dura desventura que lastima sin matar
y repite que mañana volverá su ragazzina,
mariposa mentira remontada sobre el mar.

¡Domani!
Volverá mañana,
lejana
pesadilla que pasó...
Y el pobre Don Giovanni
se repite que domani
volverá la niña buena...
Y en la copa que envenena
suena siempre vana
-¡mañana!-
la mentira del alcohol.

Pero inútil... Ya no queda ni el rincón de la esperanza.
Sólo puebla su tristeza la asperanza del pesar;
y en la niebla de los años, y en la muerte que alcanza,
hay un canto como un llanto que regresa desde el mar.
Es la voz de los veleros que llevaron las neblinas;
son los viejos puertos muertos que están muchos más allá
y los ecos que lo aturden, el alcohol que lo asesina
cuando grita que su pobre ragazzina volverá.


 

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