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Letra: García
Gimenez.
Música: A.
Aieta.
Ante el sepulcro de mi amor
detengo el paso y esta estrofa
dejare como una flor
y al viento errante doy
mi voz,
que el llevara mi ultimo
adiós.
Un día te cruzaste,
mujer, en mi camino.
Yo andaba por la vida
sombrío y al azar,
mi madre se había
muerto
y el dulce amor divino
perdido para siempre,
nublado mi destino,
ya nada me quedaba
cansado de llorar.
Entonces me encontraste
y yo algo vi en tus ojos
radiantes como auros
de dicha y de ilusión.
Tus ojos me engañaron
las ansias de mis penas,
pues fuiste en mi vida
la manada blanca y buena
querida una vez sola
con todo el corazón.
Y ahora me abandonas,
te alejas de mi lado,
me sumes en la noche
tan fría de dolor.
Mi pobre traje humilde
de nuevo esta enlutado,
el huérfano doliente
que ayer has encontrado
hoy sigue siendo el huérfano
de tu encantado amor. |