Letra: Julio Sosa
Se han quebrado tus alas,
que han caído a la tierra
como dos blancos pétalos
arrojados al viento,
y tu imagen augusta adorada
y eterna flota insomne
y doliente en mi cruel desaliento.
 
Una noche muy negra
se detuvo en mi alma
dibujando con sombras
tu sonrisa cansada,
y tus manos de santa
que mojaron mis lágrimas
no acarician mis sienes
en la triste alborada.
 
Maravilla de novia
sin pasiones ni sexo
que viviste callada,
 ignorada y sufrida
tu abnegado calvario
de final sin regreso
hasta el postrero
instante de tu brusca partida
 
Te llamó Dios al cielo,
cuando vió que eras mía.
Me castigó implacable
cuando observó tu pelo
que en los mejores años
de mi vida egoísta
yo había transformado
en un gris ceniciento.
 
Y te fuiste, ¡oh!, Madre,
en silencio, sin quejas,
y me has dejado solo,
aturdido y cobarde,
errando pavoroso
en esta casa vieja
donde aprendí a quererte
ya demasiado tarde.
 
Madre. Haz que vuelvan tus manos
en el tenaz insomnio de mis noches
 tan largas, amargas y frías.
Madre. Haz que vuelan tus ojos,
a vestir el otoño de mi vida
que muere sin tu amor, Virgen mía.
Madre. Haz que vuelvan,
tus besos en la brisa que pasa,
que retorne tu acento
en las voces del río
mientras vierto este llanto
que mis ojos abraza acodado
en la mesa frente al sitio vacío ...

 


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