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Letra: José González Castillo
Música: Cátulo Castillo

Al paso  tardo de un pobre viejo,
puebla de notas el arrabal
con un concierto de vidrios rotos
el organito crepuscular.
Dándole vueltas a la vajilla,
un hombre rengo marcha detrás
mientras la dura pata de palo 
marca del tango el compás.

En las notas de esa musiquita
hay no se que rara sensación;
que el barrio parece
impregnarse todo de emoción;
y es porque son tantos los recuerdos
que a su paso despertando va
que llena las almas
con un  gran deseo de llorar.

Y al triste son
de esa canción
sigue el organito lerdo
como sembrando a su paso
mas pesar en el recuerdo,
mas dolor en el ocaso...
Como buscando la noche
se apagará su canción.

Cuentan las viejas, que todo saben
Y que el pianito juntó a charlar,
Que aquel viejito tuvo una hija
Que era la gloria del arrabal.
Cuentan que el rengo, que era su novio
y que en el corte no tuvo igual,
supo con ella y en las milongas
con aquel tango triunfar.

Pero cayó un día un forastero
Bailarín, buen mozo y peleador,
que en una milonga
compañera y pierna le quitó.
Desde entonces es que padre y novio
van buscando por el arrabal
la ingrata muchacha
al compás de aquel tango fatal.


 


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