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Eduardo Arolas no fue un
ejecutante virtuoso ni un estilista del bandoneón. Pero aportó los
fundamentos de un concepto bandoneonístico de la influencia
decisiva en la conformación sonora de las orquestas de tangos.
Le
aterraban (según testimonio de Julio De Caro y Rizzuti) las
estridencias instrumentales y la marcación machacona y monótona
del ritmo cortante y acelerado.
Logró imponer el sonido ligado
(ligar los sonidos es posiblemente lo más difícil en la mecánica
instrumental del tango) y los matices en sus mayores posibilidades
expresivas.
Quería un sonido de tango sensitivo y límpida imagen
auditiva. Arolas desterró la generalizada espectacularidad en el
manejo del bandoneón que distorsionaba inevitablemente la nobleza
del sonido. Introdujo los "fraseos
octavados" y los "pasajes terciados a dos manos".
Fue, pues, el gran artífice de la musicalidad interpretativa del
tango y quien dio las pautas estilísticas de una insospechada
proyección estética.
Eso derivó en la gran contibución
interpretativa de Arolas, independientemente de su admirable
inspiración autoral. A la inquietud de Arolas se
debió también la primera inclusión del violoncello en las
orquestas típicas, aunque a título experimental y en forma
transitoria.

Los tangos coreados por los
mismos integrantes de las orquestas, fue otra de las festejadas
innovaciones del director. Aquella modalidad alcanzó plena vigencia
con un tango suyo dedicado a Rafael Tuegols, su gran amigo y
camarada de muchos años.
Eduardo Arolas, prematuramente
desaparecido en 1924, lejos de la patria, fue un cultor excepcional
del tango. Y su nombre, a través del recuerdo y de sus páginas
inmortales, involucra casi un mito porteño.
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