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Al promediar la década del
cuarenta, muchos nombres que habían sido promisorios cinco años atrás, llegaban a
su plena madurez artística.
Cada uno de ellos encabezaba distintas formaciones orquestales que portaban los más variados
matices temperamentales, aunque siempre se orientaban hacia las formas
musicales evolucionadas.
La orquesta Francini-Pontier,
fue uno de los exponentes más representativos de aquella
generación de directores.
Esta agrupación fue, muy pronto,
equiparada con las más cotizadas orquestas del
momento.
Marcaron rumbos renovadores
en la música porteña, y dejaron grabaciones que forman parte de la
historia de los años dorados.
Entre ellas encontramos:
"A los amigos", "Arrabal", "Lo que
vendrá", "Para lucirse" y una majestuosa versión de
"Boedo".
Es destacable el protagonismo
que tuvieron las voces en esta orquesta.
Algunas de las más
destacadas son las de Raúl Berón,
Roberto Rufino, Julio Sosa y Alberto Podestá.
Francini y Pontier compartieron un exitoso binomio
orquestal durante diez años.
Luego se desvincularon para continuar
sus carreras por caminos distintos.
De este modo, el tango ganó dos
modalidades estilísticas,
consecuentes cada una con los dispares temperamentos de los
directores.
En tanto Armando Pontier prosiguió su labor con la
mayoría de los integrantes del conjunto anterior, Enrique Mario
Francini renovó el plantel, incorporando a su nueva formación al pianista Juan José Paz, al primer
bandoneón Julio Ahumada y al contrabajista Rafael Del Bagno.
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